lunes, 8 de octubre de 2012

El 12 de octubre proclama alto y claro que por ser catalán, eres español

El 12 de octubre proclama alto y claro que por ser catalán, eres español
¡Catalanes y demás españoles!

Estamos aquí reunidos para denunciar el error y la locura de la deriva independentista que últimamente agita nuestra tierra y proclamar, una vez más, que el conocer y encontrar nuestras verdaderas raíces, es la única solución posible para evitar el abismo al que nos lanza una perversa y pervertidora casta política.
Nuestra premisa es tan sencilla como sublime: Cataluña, sé tu misma, vuelve a tus orígenes, redescubre tu verdadera tradición. Frente a los que proclaman que el ser catalán sólo puede provenir de una emancipación, nosotros respondemos con Torras i Bages que “Cataluña será cristiana, o no será”. Los que cantan una futura plenitud con la independencia, son incapaces de comprender que están dando paso al nacimiento de "Cataluñistán y asistiendo a la muerte de la verdadera Cataluña. Los que aspiran a independizarla de España no representan sino la podredumbre de un cuerpo social casi muerto, que enterrará la Cataluña para que nazca "Cataluñistán". Por el contrario, nosotros, que reconocemos nuestra historia y estamos orgullosos de ella, somos los auténticos herederos dels Almogàvers, els miquelets, els reialistes, els malcontents, els matiners o els carlins de les muntanyes; esto es, de aquellas generaciones de catalanes que supieron ser fieles a su identidad patria y a la fe que la forjó, combatiendo hasta el mayor sacrificio. Por eso estamos obligados a levantar una bandera, humilde pero firme, que ilumine entre tanta confusión interesada. En la actual sociedad de masas, del dominio absoluto de las estructuras mentales y afectivas de los individuos gracias al control mediático, a la estatalización y subvención constante que mata la vida social y al desarraigo social y existencial, es muy fácil movilizar manifestaciones y reclamar locuras que movilizan individuos que buscan desesperadamente identidades fáciles aunque falsas. Sólo la Tradición viva nos puede guiar a discernir y determinar el futuro que han de seguir las próximas generaciones. Este es nuestro tesoro y esta nuestra sabiduría: la fidelidad a lo que fueron nuestros antepasados.

Pero ¿Qué ha sido verdaderamente Cataluña?

“Catalunya Comtat Gran”, que rezaba el viejo himno dels Segadors, que pervirtieron los catalanistas, cambiando la letra original. Fue una realidad política que se configuró al amparo del imperio carolingio, del que pasó a ser directamente parte integrante de la Corona de Aragón en el siglo XIII, por el Tratado de Corbeil (1258). Durante siglos Cataluña fue conocida como la Marca hispánica y sus habitantes, mucho antes de que apareciera la palabra “catalán”, fueron denominados “hispanos”. Al igual que los nuevos reinos y condados cristianos que surgían con la Reconquista, los condados catalanes participaron en la el proyecto de las Españas frente al islam. Tuvimos nuestra propia Covadonga en las peñas de Montgrony y el monasterio de Ripoll fue la cuna de una unidad política y religiosa. De la Corona de Aragón recibimos la Diputación General (La Generalitat) que fue instituida no en tierra catalana sino en las Cortes de Monzón. Como en buena parte de las Españas fueron cristalizando en nuestras tierras instituciones políticas, como las Cortes medievales, que asombraron al mundo y que reflejaban lo que la Cristiandad podía representar como encarnación histórica y no como mero ideal abstracto.

Los Fueros, Constituciones y libertades de Cataluña como reconocimiento de la Corona de Aragón de la identidad de nuestra tierra permitieron el desarrollo de una legislación civil propia que representaba el carácter de nuestro pueblo. La unión de la Corona de Aragón y Castilla fue celebrada como el encuentro de hermanos y los Austrias supieron reconocer la realidad de las Españas. La Guerra de sucesión a inicios del siglo XVIII demostró que una parte de Cataluña aún quería ser fiel a esa Cristiandad medieval. La pérdida de los fueros no impidió que el derecho civil catalán siguiera desarrollándose ni que se doblegara nuestra personalidad, pues ese siglo representó un gran crecimiento que integró aún más Cataluña con los pueblos hispánicos. Si a principios del siglo XVIII, un aciago 11 de septiembre de 1714, el pueblo de Barcelona se mostró monárquico, español y profundamente católico; a finales de esa centuria, en la Guerra Gran (1793-1795), contra los revolucionarios franceses, Cataluña, con sus tercios de miquelets, demostró que era el más monárquico, católico y contrarrevolucionario de los pueblos españoles. Emprendiendo ella sola una guerra contra la revolución francesa, intentando reconquistar el Rosellón para España.


Y así se inició el siglo XIX, donde la montaña catalana fue la patria intermitente de miles de compatriotas que se alzaron en armas contra las revoluciones que empezaban a agitar toda Europa. Cataluña destacó por ser la primera en derrotar a las fuerzas napoleónicas en los Bruchs, mientras que las guerrillas arreciaban en los campos. Los catalanes lucharon después como reialistes contra los guiños de Fernando VII a la revolución, al igual que els malcontents, que volvieron a agitar nuestra tierra cuando los gobiernos liberales empezaban a ensayar una centralización del Estado moderno (mil veces más homogeneizador que el Decreto de Nueva Planta) e iniciaban sus ataques a la Iglesia. Tras lo cual llegó la primera guerra carlista, y luego la dels matiners, y por último, la gran cruzada tradicionalista iniciada por los catalanes a las órdenes de Don Alfonso Carlos por su hermano Carlos VII, que tantos recuerdos dejó arraigados en las masías de terra endins. La resistencia titánica del pueblo catalán a la revolución, en cuanto lo que implicaba de anticlerical y antitradicional al intentar que los Estados modernos absorbieran la vida espiritual y social, no tuvo paragón y es análoga a la resistencia macabea. Pero en el siglo XX esta lucha quedó truncada ante la emergencia de un nuevo fenómeno político: el catalanismo.

Origen y sentido del catalanismo

No podría explicarse el catalanismo sino como una estrategia del liberalismo para aniquilar el pensamiento tradicionalista del pueblo catalán. Aquél, aunque había derrotado al carlismo en el campo de batalla, nunca lo había podido batir en la vida social. El catalanismo surgió como una extraña mezcla de elementos que lo convirtieron en una fuerza política sin prededentes. Por un lado fue fruto del romanticismo que recorría Europa y que llevó a “reinventar” la Edad Media, imaginando naciones y proezas donde jamás existieron. Baste como ejemplo la reivindicación de la bandera catalana (en realidad siempre llamada la Senyal Real d´Aragó) por parte de los historiadores románticos, como si fuera una herencia recibida por Guifredo el Velloso cuando, tras una batalla, el rey franco Carlos el Calvo untó sus dedos en su sangre y dibujó las cuatro barras rojas sobre su escudo. Esta mitificación ha durado hasta nuestros días y tiene como motivo eliminar el sentido de pertenencia a la Corona de Aragón.

Por otro, el catalanismo fue fruto de la instrumentalización de la burguesía catalana de un sentimiento derivado de la frustración ante la pérdida de las últimas provincias de ultramar. La sensación de decadencia y fracaso del Estado español, fue utilizada por la burguesía para sojuzgar unos gobiernos centrales y sacarles el mayor rédito económico posible. Para ello jugó un papel importante Prat de la Riba, fundador del catalanismo político, tal y como lo conocemos hoy, al proporcionarles una ideología, el catalanismo, que se presentaba como moderna y a la vez como tradicional. La burguesía catalana, contradictoriamente conservadora y revolucionaria a la vez, utilizó ese sentimiento para constituir la Lliga regionalista.

En lo religioso, e catalanismo pronto intentó monopolizar el catolicismo para conseguirse una base social, presentándose como la única forma eficaz de defender la catolicidad (y acusando al carlismo de ser una forma caduca de defender la fe). Sin embargo, no tuvo reparos en congratularse con la monarquía liberal, restaurada tras la primera República. El catalanismo creció gracias a que una parte del clero catalán se hizo catalanista, a cambio de prebendas y altos cargos, mientras que la dinastía liberal inundaba con títulos de nobleza a los ricos fabricantes. Muchos católicos, incluso tradicionalistas, se sintieron embelesados por esta propuesta y traicionaron sus raíces. La aparición del catalanismo fue el inicio de la desactivación del hasta entonces irreductible carlismo catalán. A la postre, una parte de la burguesía catalana exasperaba por su codicia encarnaron la injusticia social oprimiendo a obreros e inmigrantes que pronto se sintieron atraídos por los cantos de sirena revolucionarios. El anarquismo, el lerrouxismo, el republicanismo fueron arraigando en las ciudades catalanas y se preparaban así funestas revoluciones que fueron desde la Semana trágica de 1909 hasta la revolución que se explotó en julio de 1936. Cataluña, sin darse cuenta, por obra y gracia de la burguesía catalanista, se transformaba de una sociedad tradicional en una masa revolucionaria.

Las estrategias del catalanismo y sus abismos políticos

Dejando de lado el federalismo republicano de Almirall, antecedente escuálido de un catalanismo que no renegaba de la nación española, el catalanismo político debió su triunfo a la Lliga regionalista. Ello fue posible por sus cálculos y estrategias. El catalanismo hizo creer a muchos que incluso los catalanes pertenecíamos a una raza superior; que Castilla siempre nos había oprimido; que los españoles en general nos odiaban. Estas mentiras fueron convenciendo incluso a los que las inventaron. En la medida que se fomentaba un resentimiento hacia España que tenía sus resultados en las urnas, el catalanismo apelaba a la masa conservadora y católica de Cataluña. El gran líder de la Lliga y heredero de Prat de la Riba, Cambó, apelaba al voto católico mientras que el mismo llevaba una vida frívola, agnóstica y se codeaba con anticlericales. El resentimiento que se sembró acabó dando sus inesperados frutos. Ante el auge del caos social, el catalanismo político apoyó a la Dictadura de Primo de Rivera. Los líderes de la Lliga se olvidaron pronto de la Autonomía conseguida con la Mancomunitat, con tal de que se salvaguardaran sus fábricas y ganancias de las agitaciones revolucionarias. Ello tuvo un efecto inesperado.

Tras la Dictadura de Primo de Rivera, la Lliga pensó que el pueblo catalán le daría su pleno apoyo, pero las urnas dieron el poder a una recién nacida Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), liderada por un quijotesco Macià que encandiló a las masas que le apodaron “L´avi” (el abuelo). El catalanismo se había convertido en una ideología autónoma que no reconocía a sus orígenes conservadores y se deslizaba con fluidez por el discurso de las izquierdas. Con la Llegada de la II República las calles de Barcelona se llenaron de populacho que gritaba sin parar: ¡Visca Macià, Mori Cambó! El catalanismo se había emancipado de su creador y reclamaba la muerte del padre. Pocos años más tarde, con la Guerra civil, se demostraría que el catalanismo original seguía siendo fruto de la burguesía y no tuvo ningún reparo en apoyar a Franco y su sublevación, con tal de que se les devolviera las fábricas. Pero quizá lo más paradójico es descubrir cómo entre los más entusiastas del catalanismo y la República estaba un sector del clero que después habría de sufrir cruenta persecución. Los desvaríos del clero catalanista llevaron incluso a fundar, contra la Acción Católica Española, la Federació de Joves Cristians de Catalunya, los fejocistas, argumentando que el pueblo catalán tenía una espiritualidad católica diferente al resto de los pueblos españoles. No somos nadie para juzgar esas almas, pues muchos de ellos serían mártires en 1936, pero sí debemos denunciar la estrategia política que llevó a consolidar un catalanismo de gérmenes revolucionarios que más tarde se volvería contra la Iglesia. Los escamots de ERC, herederos inesperados de la Lliga conservadora, mancharon sus manos hasta la saciedad con la sangre de miles de sacerdotes y fieles católicos.

Catalanes y españoles.
El ejemplo del Tercio de Requetés: el amor frente al odio

Quienes lucharon en el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, representan la quinta esencia de nuestra tierra, pues ellos son desde todos los puntos de vista, los verdaderos herederos de los combatientes del 11 de septiembre, de la Guerra Gran, de la Guerra del Francés y de las Guerras carlistas. Entre tantas generaciones hay un nexo de unión que es la “rauxa” catalana cuando se trata de defender lo que funda la esencia de nuestro pueblo. Durante la persecución religiosa del 1936-39, en Cataluña fueron asesinados más de 3.000 carlistas, nada comparable con las pocas decenas de asesinados de la Lliga. Los esfuerzos de Companys por salvar catalanistas, aunque fueran de derechas, dieron sus frutos, pero otros catalanes no catalanistas fueron abandonados a su suerte. Ello no impidió que fueran asesinados 150 fejocistas a causa de su fe.



Lo que pocos saben es que muchos fejocistas, que consiguieron huir de Cataluña durante la persecución, se alistaron al Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat. Se les podía haber reprochado su insensatez catalanista o acusado de las desgracias que asolaban nuestro suelo patrio, pero los requetés supieron tener alteza de miras y reconocer lo más alto y profundo que les unía: la misma fe y en el fondo un amor sincero a su tierra. Así, en correspondencia, los antiguos catalanistas aprendieron a amar la Patria y a morir, muchos de ellos, gritando Visca Espanya. Entre los requetés se produjo el milagro de cómo aquellos catalanistas que sólo reconocían la Patria chica, abrazaron la Patria grande, descubriendo que esos amores no son incompatibles. Esta es la lección que hoy queremos mostrar a todos los catalanes de buena fe, muchos de ellos engañados y contaminados de un nuevo romanticismo burgués y deseosos de una mística que dé sentido a sus vidas y que sus párrocos han dejado de ofrecerles. No lo dudemos, el triunfo actual del nacionalismo se corresponde con la secularización imperante y ésta por la dejación de muchos que debiendo predicar la fe, se dedicaron a divinizar patrias imaginadas.

La falsa dialéctica del independentismo y nuestra solución

En estos últimos años, el partido heredero de la Lliga, Convergència i Unió, quiere lanzarnos a la aventura que ya intentaron sus antecesores y que nos llevó a la debacle durante la República. El actual presidente de la Generalitat de Cataluña (el nuevo "Rey" Arturo) debe saber que los vientos que ahora siembra le revolcarán hasta su ruina, al igual que en su tiempo le sucedió a Cambó; igualmente debe ser consciente que el catalanismo radical que ha alentado, financiado y dirigido, le acabará tarde o temprano sobrepasando y que su soñada Cataluña independiente no sería un oasis capitalista sino un gulag socialista. ¿Acaso nadie se ha preguntado por qué durante la última manifestación separatista del 11 de septiembre apenas se vieron banderas catalanas, en cambio sí innumerables esteladas? La respuesta es sencilla, los independentistas ni siquiera aman la cuatribarrada y la han profanado con una estrella revolucionaria. El Estado que añora el resto caduco de la burguesía catalana que nadie piense que sería un paraíso de libertades, donde se restituyeran fueros y constituciones tradicionales. Por el contrario, sería un Estado hipercentralista del que hubiera aborrecido cualquier catalán de siglos pasados.

y por último, no debemos caer en la falsa dialéctica de quienes quieren enfrentar los amores a Cataluña y España. El catalanismo es una perversión de la catalanidad, así como el nacionalismo español es una deformación del amor Patrio. No podemos permitir que el odio se instale en Cataluña hacia el resto de España ni viceversa. Nuestros antepasados nos impelen a demostrar que esos amores se pueden aunar y que la mejor forma de amar España, es siendo verdaderos catalanes; que la Catalanidad es una concreción de la Hispanidad, así como la Hispanidad lo es de la Cristiandad. Nuestra misión es impedir que el catalanismo se apodere de lo catalán, pues es su antítesis.
Este es el remedio frente al catalanismo: simplemente ser catalanes. Demostremos a España que nuestra condición de ser buenos españoles es previamente ser buenos catalanes. Esto es lo que nos enseñaron nuestros mártires.
Amigos, comprometámonos a seguir la senda de nuestros antepasados y defender nuestra amada tierra, gritando:

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! ¡Visca Catalunya espanyola!
En Montserrat, 30 de septiembre de 2012


sábado, 10 de marzo de 2012

Las culpas de la Democracia Cristiana Italiana como paradigma de la traición del modernismo católico al Magisterio de la Iglesia


Las culpas de la Democracia Cristiana Italiana como paradigma de la traición del modernismo católico al Magisterio de la Iglesia
por Ángel Expósito Correa
El triunfo de las corrientes modernistas en el mundo católico como una de las causas principales de la crisis de evangelización de la Iglesia y, por tanto, de la secularización del mundo occidental y cristiano.
¿Es posible, dada la importancia histórica que ha tenido – y que todavía mantiene en muchos católicos que siguen considerándola como un referente – hacer unas valoraciones objetivas sobre la Democracia Cristiana italiana? Consideramos que sí, y que además es oportuno analizar (aunque de forma sintética) los comportamientos políticos y los escritos de los dirigentes de la DC ya que representan uno de los ejemplos más notables de la traición de minorías iluminadas al Magisterio de la Iglesia.
Una primera valoración afecta al desinterés (cuando no complicidad) demostrado por el compromiso cultural, por los sectores de la escuela, de la universidad, del mundo editorial, abandonados por completo en manos de la izquierda. No cabe lugar a dudas de que el partido democristiano ha favorecido la instauración de la hegemonía cultural de la izquierda, amparándose en la peregrina motivación de que su tarea era ocuparse de la ordinaria administración de la cosa pública.
"Los referentes políticos de la DC (comenta Domenico Bonvegna en un editorial del Corriere del Sud, 1 de diciembre de 2002) eran el PPI de don Luigi Sturzo, y la mentalidad modernista de Romolo Murri, el fundador de la DC. Don Sturzo afirma: "El Partido Popular ha sido impulsado por aquellos que vivieron la Acción Católica, pero ha nacido como partido no católico aconfesional, como un partido con un fuerte contenido democrático, y que se inspira en la idealidad cristiana, pero que no toma la religión como elemento de diferenciación política".
"La fundación del PPI es recibida con entusiasmo por Antonio Gramsci que apunta a cómo "modernismo significa democracia cristiana" y más en general observa: "la constitución del Partido Popular equivale por importancia a la Reforma Alemana, es la explosión inconsciente irresistible de la Reforma italiana" ("I Popolari", en "L´Ordine Nuovo" 1919-20). "Según algunos historiadores (continúa Domenico Bonvegna) la clase dirigente DC habría tenido la función de inocular en la base católica, por muchas razones refractaria, las ideas "modernas" de la Revolución. Para Marco Invernizzi [1] el movimiento democrático cristiano es considerado como "[...] la lucha de una minoría iluminada contra la inercia del pueblo cristiano, conservador y reaccionario, incapaz de leer los signos de los tiempos". Una "lucha" que ha durado 50 años, que el profesor De Mattei ha sintetizado en el título de uno de sus libros, con la frase "El Centro que nos llevó a la izquierda".
"¿Estamos exagerando? Escuchad lo que ha dicho Ciriaco De Mita [por entonces secretario de la DC y en repetidas ocasiones miembro y jefe del gobierno italiano] el 23/8/1999 al Corriere della Sera: "Cuando los historiadores se ocuparán de los hechos y no solamente de la propaganda explicarán que el gran mérito de la DC ha sido el haber educado un electorado que era naturalmente conservador, cuando no reaccionario, a cooperar en el crecimiento de la democracia. La DC cogía los votos a derecha y los trasladaba en el plano político a izquierda". Esta es la verdadera y grave culpa de la DC: el haber hecho perder y abandonar a Italia, aquellos caracteres religiosos, culturales y civiles que son característica de nuestra identidad histórica. De hecho, "en los últimos cincuenta años este proceso de desnaturalización, por lo tanto también de descristianización, ha sido realizado con la colaboración determinante – en cuanto fuerza política de mayoría relativa – de un partido, que, surgido con el nombre de Partido Popular Italiano, con el de Democracia Cristiana ha de hecho hegemonizado la representación política de los católicos italianos" (Para "un´azione politica umana e cristiana per ricostruire l´identità del popolo italiano", llamamiento de Alleanza Cattolica, 4 octubre de 1993).
"Parece que el episcopado italiano y el mismo Pío XII, inmediatamente después de la caída del Fascismo, eran contrarios a la reedición del PPI, sobre todo con el nombre de "Democracia Cristiana", donde el adjetivo "cristiana" es más comprometedor que "popular" e "italiano". Incluso parece que los cardenales Ottaviani y Tardini hubieran querido fundar un partido "católico y conservador" para oponerlo a la DC; pero el alejamiento en 1947 de los comunistas del gobierno habría impedido la fundación de tal partido".
"De esta forma la DC pudo administrar a solas esa especie de plebiscito anticomunista que fueron las elecciones del 18 de abril de 1948 donde el socialcomunismo en menos de treinta años se vio cerrar el camino del poder. En aquella ocasión se sublevó el verdadero pueblo católico, Massimo Caprara, ex secretario de Togliatti, habló de una auténtica "explosión de la Sublevación espiritual" del pueblo católico. El pueblo católico organizado por los Comités Cívicos del Profesor Luigi Gedda, ganó aquella batalla de civilización".
"Los Comités Cívicos fueron inmediatamente silenciados, molestaban a la DC, que se apoderó de una victoria que no había sido suya. Don Baget Bozzo ha escrito que en la DC había quienes deseaban un resultado más equlibrado para poder volver al gobierno considerado "popular" con la DC, PCI [Partido Comunista] y PSI [Partido Socialista]. Y Luigi Gedda refiriéndose a esta intención escribe: "Desde el triunfal resultado electoral de 1948 la Democracia Cristiana consideraba a regañadientes la existencia de una formación política distinta de la surgida en la época de la liberación con el nombre acuñado por Romolo Murri [...] La victoria del 18 de abril – prosigue Gedda – que otorgaba a la DC la mayoría en las dos Cámaras, como de todos era sabido se debía a la imponente intervención de los Comités Cívicos, los cuales no pretendían ningún privilegio sino únicamente poder vigilar para que el partido siguiera siendo fiel a su identidad cristiana. Esta tarea molestaba a los líderes de la DC, porque cundía en el partido una corriente, liderada por Dossetti, partidaria de una alianza con los comunistas". Es una historia que todavía sigue abierta. El profesor Gedda religiosísimo y muy noble agachó la cabeza, frente a presiones de las que todavía hoy en día no se conoce la fuente".
"Desde 1945 La Democracia Cristiana, en ocasión de su Congreso, se organizó como un auténtico partido moderno bajo la dirección de Fanfani que, en ésto, copiaba del partido comunista. Se organizó la afiliación a volea, se apoderaron de los bancos y de los centros de poder, de la economía... Mientras el PCI se daba por satisfecho con el poder cultural... Los mismos Sturzo y De Gasperi fueron marginados y así nuestro país se dirigió hacia la izquierda".
"Desde aquel momento, exceptuando el paréntesis del efímero experimento del gobierno Tambroni, 1960, inmediatamente fracasado a causa de la violencia desencadenada por los comunistas en Génova, la de la DC puede juzgarse como la historia de los intentos finalizados a la reinserción de los comunistas en el área de gobierno, y para debilitar y anular cualquier reacción a esta reinserción que procediera de la Jerarquía y del pueblo católico. ¿Os maravilláis de estas afirmaciones? ¿Son suposiciones mías? Os leo lo que escribía Alcide De Gasperi: "La Democracia Cristiana [es un] partido de centro escorado a la izquierda, [que] saca casi la mitad de su fuerza electoral de una masa de derechas". (Discurso en el III Congreso Nacional de la DC, Venecia 2-3 de junio de 1949; citado en "Famiglia Cristiana", 3/6/1973). Y siempre De Gasperi con anterioridad había dicho: "Nosotros nos hemos definido como un partido de centro que se mueve hacia la izquierda" (Intervención en el Consejo Nacional de la DC del 3 de agosto de 1945, en "Atti e documenti della DC, 1943-1967", edizione Cinque Lune, Roma 1968, pág. 181)".
"Más tarde cuando en la década de los setenta fue evidente el asociacionismo, el "compromiso histórico" en el que se andaban metiendo la dirigencia democristiana y la comunista con los varios Aldo Moro, los Andreotti, los Berlinguer, se habló de "mal menor" y algunos vinieron a decirnos que teníamos que "taparnos la nariz y votar DC".
"Propio durante estos años los jefes democristianos se inclinan cada vez más hacia la izquierda y también explican el por qué, basta con leerse sus propias declaraciones, los informes, que por mucho que estén trufadas de frases evasivas como "convergencias paralelas" o "equilibrios más avanzados", son bastante descifrables, siempre que, por supuesto, se tenga en cuenta el proceso revolucionario que la dirigencia de la DC ha emprendido desde su fundación".
"Comencemos con Flaminio Piccoli: "Aquél gran proceso de transformación – que en Europa ha sido realizado principalmente bajo la hegemonía socialdemócrata o laborista – ha sigo conseguido en Italia bajo la guía de un partido cristiano demócrata: es un gran hecho histórico, si se piensa en el proceso de modernización, en otros lares ensayado por el "espíritu capitalista" originario de la "ética protestante" o por el ilustrado de la revolución francesa y por la socialista, marxista-leninista, de la revolución de octubre, en Italia hunde sus raíces en la tradición cristiana propia de los católicos democráticos" (Flaminio Piccoli, "Una DC più forte per una democrazia piú moderna", comunicación del 2 de mayo de 1982, en "Il POPOLO, 3/5/1982).
"Es un discurso claro para quien quiera entenderlo, el Piccoli dice las mismas cosas que había escrito Gramsci en 1933: "La filosofía de la praxis (nombre con el cual el filósofo indicaba el materialismo dialéctico e histórico, raíz del comunismo) supone todo este pasado cultural, el Renacimiento y la Reforma, la filosofía alemana y la Revolución francesa, el Calvinismo y la economía inglesa, el Liberalismo laico y el historicismo cimiento de toda la concepción moderna de la vida. La filosofía de la praxis es el coronamiento de todo este movimiento de reforma intelectual y moral [...] corresponde a la conexión Reforma Protestante + Revolución francesa [..] (Quaderni dal Carcere edición crítica el Instituto Gramsci, Einaudi, Turín 1975)".
"Llegados a este punto podemos entender la frase que Gramsci profirió ya en 1919 tras la fundación del PPI: "El catolicismo democrático hace lo que el comunismo no podría hacer: amalgama, ordena, vivifica y se suicida" (I Popolari, en L´Ordine Nuovo año I, n. 24, 1/1/1919)".
"Última afirmación de un exponente autorizado de la DC, el expresidente de la República italiana Francesco Cossiga: "La DC tiene méritos históricos grandísimos en haber sabido renunciar a su especifidad ideológica, ideal y programática: las leyes sobre el divorcio y el aborto han sido firmadas todas por jefes de Estado y por ministros democristianos que, acertadamente, en aquel momento, han privilegiado la unidad política a favor de la democracia, de la libertad y de la independencia, para ejercer una gran función nacional de convocación de los ciudadanos" (Francesco Cossiga, "Lettera al quotidiano della DC", en Il POPOLO 24/1/1992)".
"Y en 1978 el mismo Aldo Moro declarará: "En cuanto al aborto la DC se compromete a no obstaculizar la mayoría que aprobará la ley". Por tanto también la "idealidad cristiana" – aunque débil y genérica – del Sturzo de 1919, ha sido ignorada y marginada respecto a la "moderna conciencia pública", a la "unidad política" y a la "cooperación política", unidad que a partir de 1945 había sido rota decenas de veces incluso por razones "baladíes", en esta ocasión, (el aborto) se hubiera roto por una materia sobre la cual la doctrina no puede que ser intransigente".
"Sobre la ley del aborto (ley 194), la DC tiene, en cambio, responsabilidades históricas enormes; no sólo la ha rubricado sino que además ha colaborado activamente a la elaboración de todo su entramado. Los democristianos de la cúpula dirigente no tuvieron titubeos, han elegido estar de la parte del PROGRESO... Mientras que los de la base, los electores, aturdidos y confusos, a menudo, por el lenguaje vago e incierto de sus jefes, fruto del relativismo doctrinal de estos últimos, no han sabido reaccionar a la confusión del referéndum contra el aborto de 1981 y se dividieron: muchos de ellos no fueron a votar, muchos votaron NO, esto es, a favor de aquélla "ley", creyendo incluso que habían cumplido con su deber. Giovanni Cantoni, analizando el referéndum, en el número de mayo-junio de 1981 de la revista "Cristianità" achaca la derrota del mundo católico, no tanto al incremento de las fuerzas revolucionarias, sino a la incapacidad de la dirigencia del mundo católico de mobilitar a la base, que en gran medida se abstuvo de votar".
"El 27 de mayo de 1976 los diputados Giulio Andreotti, Tina Anselmi y Filippo Maria Pandolfi,, los senadores Francesco Bonifacio, Tommaso Morlino y Giovanni Leone – todos democristianos – firmaron la "ley". El diputado Leone algunos meses más tarde, acusado quizás injustamente por los mismos que le obligaron a firmar la "ley", se verá obligado a dimitir; le hubiera venido mejor, y además con la cabeza bien alta, si hubiera dimitido antes de la infausta firma. Cuando algunos acusaban de alta traición a la DC..."
"Algunos de los responsables se defendieron afirmando que la firma era "un acto debido"; en caso contrario hubiera caído el gobierno... Andreotti, contestando a Vittorio Messori, afirmó: "En efecto tuve una crisis de conciencia y me planteé si debería firmar aquella ley. Pero, si yo hubiera dimitido, ningún otro democristiano podía firmarla, en un momento difícil para el país. Una crisis que hubiera creado complicaciones también a nivel internacional" (V. Messori, "Inchiesta sul Cristianesimo", SEI, Turín 1987, págs. 210-211).
1. Éstos son sólo algunos de los frutos de la ya larga historia del modernismo social y doctrinal. He dicho larga historia ya que es necesario recordar que los orígenes de tan nefasta traición de cierto mundo católico al Magisterio de la Iglesia, se remontan a la Revolución francesa, cuando frente a la nueva situación de pluralismo doctrinal y moral surgido del relativismo religioso de la seudoreforma protestante primero, y del liberalismo (2) después, el Catolicismo había pasado de ser la única cosmovisión del hombre europeo a una más entre tantas posibles como eran las variables ideológicas, consecuencia éstas del ímpetu diabólico que había llevado al hombre europeo a absolutizar su ilusión de poder arrebatar, para asumirlo, el atributo legislador de Dios (en fondo el "seréis como dioses" original que sigue actuando en la historia).
Pues bien, en este nuevo contexto de pluralismo doctrinal y moral los católicos asumen tres posturas distintas: La mayoritaria encarnada por el Magisterio de la Iglesia, de rotunda oposición a lo que era a todas luces un intento de refundar la sociedad humana a espaldas y en contra de Dios y de Su Iglesia, acompañada en esta profética y evangelizadora misión de denuncia y restauración de la doctrina, por aquellos filósofos que fieles a las enseñanzas de la Iglesia profundizaron en el estudio de las causas y en el de las consecuencias de la Revolución secularizadora que les atenazaba: se trata de la escuela contrarrevolucionaria de los De Maistre, Donoso Cortés, Balmes y un largo etcétera que sigue vivo en nuestros días; la de los católicos liberales que aceptan pro bono el principio, reinterpretado por la seudoreforma protestante y por el liberalismo, de "libertad"; y por fin la de los democristianos que ven en el fenómeno de la Revolución francesa una intervención "providencial" identificando cristianismo y espíritu revolucionario (2).
El triunfo, pues, de las dos corrientes modernistas en el mundo católico es sin lugar a dudas una de las causas principales de la crisis de evangelización de la Iglesia y, por tanto, de la secularización del mundo occidental y cristiano. Lo que innumerables documentos y encíclicas papales denunciaban ser los peligros de las ideologías para la sociedad y la Iglesia, fueron desoídos por estas minorías iluminadas que por una serie de circunstancias y factores acabaron imponiendo sus criterios a una buena parte del mundo católico dando lugar a lo que podríamos definir como SIDC, esto es, Síndrome de Inmuno Deficencia Cultural.
2. Ha llegado el momento – en conformidad a la obra restauradora de la doctrina católica llevada a cabo por el Sumo Pontífice felizmente reinante Juan Pablo II – de hacer un examen de conciencia, un "Nuremberg espiritual", sobre el nefasto error de desconocer el espíritu anticristiano de la modernidad y su consecuente reinterpretación y relativización del Magisterio pontificio. Es hora también de que se vuelva a dar su verdadero valor profético al tan satanizado Syllabus sobre los errores de la edad moderna del beato Pío IX, augudísima introspección en el fuero interno de las ideologías anticristianas que conformaron la modernidad y la actual postmodernidad; introspección, a su vez, dirigida al futuro para entender los desenlaces de tales ideologías, sabedores que si se pone como cimiento de la cultura de una sociedad una idea equivocada del hombre tarde o temprano la historia demostrará su error como fehacientemente han demostrado los totalitarismos y los horrores de nuestra época.
Asimismo ha llegado también el momento de redescubrir la nómina de pensadores, filósofos e historiadores que han conformado la escuela contrarrevolucionaria, pues en ellos encontramos las categorías teológico-políticas – fruto de su absoluta fidelidad al Magisterio - que nos permiten penetrar en las causas profundas y originarias del proceso secularizador y prever sus posibles y múltiples desenlaces. Me refiero en especial a los ya citados Joseph De Maistre, Donoso Cortés, Balmes, Louis De Bonald, Edmund Burke, anglicano pero de formación católica; a los olvidados Vázquez de Mella, Aparisi y Guijarro, Victor Pradera, Elías de Tejada; hasta llegar a los contemporáneos como Giovanni Cantoni, Gustave Thibon, Russell Kirk, Plinio Corrêa de Oliveira, Miguel Ayuso, Julio César Ycaza Tigerino, Nicolás Gómez Dávila, Alberto Caturelli y a muchos más que podría citar.
Por otro lado resulta evidente que la importancia de estos autores no reside única y principalmente en sus elecciones políticas, institucionales y/o estratégicas (ya que sometidas a los avatares cambiantes de la historia), sino a su capacidad de poner la razón, sin ningún tipo de compromisos y confusiones con los principios anticristianos, al servicio del Magisterio. Son un ejemplo ejemplarizante (valga la redundancia) de cómo una fe inquebrantable y consecuente se hace cultura, elemento este último fundamental para la nueva evangelización. Es por ello que considero nuclear que junto al estudio de todo el Magisterio a la luz de la Tradición de la Iglesia, se vuelva a descubrir (o a encontrar) a estos autores, ya que ellos nos brindan la instrumentación necesaria para dar un contenido auténticamente católico a la unidad de acción en la fe y a la evangelización de la cultura tan certeramente solicitadas con apremio por el Santo Padre. .
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Ángel Expósito Correa
Notas:
  1. Cf. "El movimiento católico en Italia", http://www.arbil.org/(62)movi.htm
  2. Cf. "Reflexión acerca del problema electoral de los católicos", http://www.arbil.org/(61)refl.htm

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Qué se esconde bajo una mezquita?



La mezquita no solo es lugar de oración, sino, y principalmente, lugar donde se discuten, se toman y se imponen las consignas sociales y políticas a los "creyentes" musulmanes, que antes que sentirse miembros de la sociedad del país que le acoje son seguidores de un credo opuesto a los valores de las sociedades occidentales.

Cuando se discute acerca de la posibilidad de construir una mezquita o de conceder terrenos para el mismo fin, es necesario no dar por supuesto el conocimiento del objeto de la discusión.

La mezquita no es una iglesia musulmana, tiene sus funciones y sus normas. Hay una tendencia debida a la ignorancia del otro, a pensar que, en definitiva, el otro es más o menos idéntico a mí, o almenos parecido. En cambio tenemos que reconocer al otro como distinto, si no queremos admitirlo mentalmente. Por lo tanto, para entender lo que es una mezquita, hay que dirigir la mirada al Islam.

En la tradición musulmana, la mezquita (giâmi´) es el lugar donde se reune la comunidad (como indica el nombre de giâmi´, la raiz gm´ significa reunir) para arreglar todos sus asuntos: cuestiones sociales, culturales, políticas, como también para rezar. Todas las decisiones de la comunidad se toman en la mezquita. Querer limitar la mezquita a "un lugar de oración" es violar la tradición musulmana.

El viernes (yawm al-giumu´ ah) es el día en el que la comunidad se reune (como indica el nombre giumu´ ha). Se reune a mediodía para la oración pública seguida por la kutbah, esto es, por el discurso, que no es un pregón. Este discurso trata las cuestiones de la hora presente: políticas, sociales, morales, etc.. En muchos países musulmanes - por ejemplo en Egipto, el más poblado país musulman árabe - todas las mezquitas son vigiladas los viernes, y las más importantes, acordonadas por la policía especial. La razón es sencilla: las decisiones políticas salen de la mezquita durante la khutbah del viernes. En la historia musulmana, casi todas las revoluciones y los levantamientos populares salieron de las mezquitas. La Jihâd, esto es, "la guerra en el camino de Dios", obligación de todo musulmán de defender la comunidad, es proclamada siempre en la mezquita, en la khutbah del viernes.

Es por lo tanto un error, hablando de la mezquita, hablar únicamente de un "lugar de culto". Como también es un error, hablando de la libertad de construir mezquitas, hacerlo en nombre de la libertad religiosa, en tanto que no se trata solamente de un lugar religioso, sino de una realidad polifacética (religiosa, cultural, social, política, etc.).

No se debe olvidar que el lugar dedicado a la oración del viernes es considerado por los musulmanes espacio sagrado que queda para siempre en manos de la comunidad, la cual decide quién tiene la facultad de ser admitido y quién en cambio lo profanaría. Por esta razón no se puede otorgar un terreno, por ejemplo por 50 años, para edificar una mezquita: este terreno jamás podrá ser devuelto.

Existen a menudo en los países musulmanes, en las ciudades, pequeños "lugares de oración", llamados por lo general musallâ, esto es, lugares de oración. Son como "capillas" con capacidad para unas cincuenta personas ubicadas a menudo en la planta baja de una casa, en lugar de las viviendas. Estos lugares, más discretos, son generalmente utilizados casi exclusivamente para la oración del mediodía, permitiendo a la gente de la calle o de los edificios cercanos rezar en paz. Las mezquitas tienen normalmente un minarete desde donde el almuecín llama a la oración. Estos minaretes tienen una función práctica y son ligeramente más altos de las casas que los rodean. En la historia asumieron a veces una función simbólica, de afirmación de la presencia musulmana, e incluso una función política de afirmación de la superioridad del Islam sobre las demás religiones. Su objetivo primordial es permitir a la voz humana llegar a quien vive cerca. En este siglo, se añadieron a menudo megáfonos en los minaretes (sobre todo si cerca hay una iglesia o un barrio cristiano), y los almuecínes añadieron también otras cosas a la llamada a la oración prolongándola.

Estas innovaciones son contrarias a la tradición musulmana y los países musulmanes rigorosos las condenan, como por ejemplo Arabia Saudí. En otros Estados, como Egipto, el uso del megáfono está limitado únicamente a la llamada (que dura alrededor de dos minutos) y está prohibido para el rezo del amanecer.

Finalmente hay que preguntarse quien financia mezquitas y centros islámicos. No es un secreto para nadie que gran parte de las mezquitas y centros islámicos de Europa son financiadas por gobiernos foráneos, en especial por Arabia Saudí, que también impone a sus imanes. Ahora bien, es archiconocido que en el mundo islámico sunita Arabia Saudí representa la tendencia más rígida, denominada wahhabita. No son éstos imanes los que podrán ayudar a los inmigrantes a integrarse en la sociedad occidental, ni a asumir la modernidad, condiciones necesarias para una convivencia serena con los autóctonos.

Tras haber aclarado el objeto de la discusión, nos permitimos algunos elementos de juicio. Permitir a los musulmanes tener lugares de oración en Occidente se da por supuesto. Sería con mucha probabilidad más conforme al contexto sociológico de los inmigrantes tener musallâs, esto es, "capillas" donde podrían reunirse para rezar. También les saldrían más baratas. La mezquita, en tanto que centro socio-político-cultural musulmán, no puede entrar en la categoría de lugares de culto. Necesita ser examinada como tal. A la pública administración compete estudiar cómo ejercer un cierto control sobre tales centros, vista la función política que asumieron en la tradición islámica.

No se entiende en cambio, en base a cual razón una administración local tendría que regalar el terreno o una parte de la construcción. La oposición que se manifiesta un poco por toda Europa a la edificación de mezquitas puede estar originada por sentimientos de xenofobia, pero con más probabilidad procede del temor que se trate de un acto político de afirmación de una identidad distinta bajo todos los aspectos, demasiado ajena a la cultura y civilización occidental. Si un centro musulmán sirviera para ayudar a los emigrados a integrarse en la sociedad europea, promoviendo cursos y otros servicios, habría que alentarlo, pues se trataría de construir juntos, emigrados y autóctonos, una sociedad común y solidaria. Cabría promocionarse (también materialmente) la constitución de grupos o asociaciones mixtos, constituidos por emigrados (no solamente musulmanes) y autóctonos, para fortalecer la integración de aquéllos en las sociedades europeas y la apertura hacia los inmigrantes. Teniendo en cuenta la tradición musulmana de no distinguir religión, tradiciones, cultura, vida social y política, es importante que los responsables se informen bien para poner en práctica estas distinciones y estén muy atentos a no alentar la politicización (bajo cualquier forma) de los grupos de emigrados (sean o no sean musulmanes).

Samir Khalil Samir S.J y T. Ángel Expósito Correa.



lunes, 9 de enero de 2012

La recepción del mensaje de Fátima en la Iglesia católica y su permanente actualidad


La recepción del mensaje de Fátima en la Iglesia católica y su permanente actualidad


El mensaje de Fátima clausura una época e inaugura otra: sobre las cenizas del comunismo no ha florecido una civilización cristiana de la verdad y del amor, sino que se ha abierto un período histórico lleno de sombras caracterizado por el resurgir de las identidades religiosas y culturales y marcado por la amenaza islámica contra Occidente. Ello por una parte, mientras que por otra, asistimos al rechazo de las propias raíces religiosas y culturales, sobre todo, en Europa. Una época, que como nunca hasta ahora desde la venida del Señor, nos exige el compromiso de la nueva evangelización. No defraudemos a nuestros hermanos que ansían la Verdad y tomémosnos en serio nuestra conversión. Sólo así veremos realizada la promesa de Nuestra Señora en Fátima: “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará”


El mensaje contenido en las seis apariciones marianas de Fátima del 13 de mayo de 1917, puede ser sintetizado con la parábola evangélica del hijo pródigo. La Virgen constata el abandono de Dios por parte de una humanidad histórica, como el hijo había abandonado la casa del padre; indica en la difusión del comunismo el castigo por las continuas y públicas ofensas a Dios – como la condición degradada y bestial a la que había llegado el hijo de la parábola como consecuencia de su rechazo del padre – y, por tanto, invita a la conversión mediante la penitencia, interior (luchar por guardar los sentidos, por perdonar rápido las ofensas, por ser humildes, etc.) y exterior (ayunar los viernes, por ejemplo), única alternativa a la persecución y al martirio sufridos por la Iglesia. El desenlace feliz de la humanidad, que aceptara cambiar su conducta, sería una época de paz, el triunfo del Corazón Inmaculado de María, y la salvación eterna de las personas, así como el hijo pródigo pudo volver a encontrar la felicidad y la paz en la casa paterna.
El mensaje aparece en la historia cuando el mundo, por primera vez, se encuentra en medio de una guerra mundial. La Gran Guerra (1914-1918) representa un giro epocal, de alguna forma comparable a la Revolución francesa de 1789 y como ésta, favorece una ulterior separación de la humanidad de Dios, sobre todo en lo que afecta al mundo occidental, aunque el resto del mundo no sea ajeno a la historia de Fátima.
Tras la constitución de los Estados nacionales en el transcurso del siglo XIX, el nacionalismo surgido con la Revolución francesa alcanza un nivel de conflictualidad, en la época del imperialismo (1870-1914), que dará lugar a la primera guerra mundial. Sin embargo, el proceso de alejamiento de las naciones de las raíces cristianas arrolló la mayoría de los pueblos solamente tras la Gran Guerra, con el nacimiento de los partidos ideológicos (socialistas, comunistas, nacionalsocialistas, fascistas, liberales) y, sobre todo, con la “nacionalización de las masas”, como consecuencia también de los largos años transcurridos por muchos en el frente, a menudo en las trincheras, que cambian profundamente la mentalidad de poblaciones en su mayoría campesinas, haciéndolas sensibles y disponibles a la seducción de las ideologías, que hasta ése momento habían interesado solamente a minorías, aunque significativas e importantes.
El mensaje de Fátima profetiza que una ideología, el comunismo, entonces aún muy lejos de ser considerado como amenaza seria, esparcerá sus errores en el mundo a través de Rusia, que en la época de las apariciones no había sido todavía conquistada al bolchevismo por el golpe de Estado de Lenin, que ocurrirá en octubre de 1917. Cuando se reflexiona sobre el mensaje de Fátima no hay que olvidar jamás esta referencia precisa contenida en las apariciones, que podrá sucesivamente haber sido instrumentalizada, como puede ocurrir con cualquier cosa, pero que es parte integrante y decisiva del mensaje.


El Episcopado portugués entiende perfectamente este ligamen, como reconocerán los mismos obispos en una carta pastoral colectiva publicada en ocasión del XXV aniversario de las apariciones. Portugal era (como España) la Tierra de Santa María, como había establecido su primer rey, Alfonso Henriques el Conquistador. En 1917, la tierra de Santa María está sufriendo una fuerte persecución religiosa por parte de un gobierno masónico (como ocurrió en España con la II República y está ocurriendo hoy en día con el gobierno de ZP), que anhela y promete públicamente la desaparición del cristianismo en el plazo de dos generaciones. La historia de las apariciones atestigua cómo esa mentalidad anticristiana arremetió también contra los tres videntes de Fátima, encarcelados por la policía local y obligados, el 13 de agosto, a perderse la cita con la Señora, porque encerrados en la prisión de Vila Nova de Ourém, por iniciativa del alcalde, Artur de Oliveira Santos.


Catorce años después la situación portuguesa ha cambiado. Reconocidas las apariciones, el 13 de octubre de 1930, por el obispo de Leiría, una peregrinación nacional en acción de gracias es alentada por el Episcopado el 13 de mayo de 1931: trescientas mil personas acompañan la estatua de la Señora, seguida por todos los obispos portugueses.
En el mientras tanto, también el gobierno ha cambiado tras años de guerra civil reptante y, en 1926, un golpe de Estado ha restablecido la paz religiosa y relaciones con la Santa Sede. A principios de 1936, mientras nuestra Patria, España, (la única, dicho sea de paso, existente junto a Portugal en la Península ibérica por mucho que digan los nacionalistas catalanes, vascos o gallegos, en definitiva, los nacionalistas de los suevos...) está en plena guerra civil como consecuencia de la persecución brutal y violenta contra la Iglesia católica llevada a cabo por el gobierno de la II República que obligará a los católicos y a las personas de bien a levantarse en armas en un ejercicio de pura y santa legítima defensa, el Episcopado portugués hace un voto a la Virgen de Fátima de ir a su santuario en peregrinación nacional, si otorga al país la paz, amenazada por la ideología comunista. Lo cual ocurre. Por ello, el 13 de mayo de 1938, veinte entre arzobispos y obispos, con mil sacerdotes y quinientos mil portugueses, renuevan la consagración al Corazón Inmaculado de María, agradeciendo a la Virgen haber preservado Portugal del comunismo y de la guerra civil. Lo cual se repetirá, en mayores dimensiones si cabe, en 1942. Tan es así que el siervo de Dios Papa Pío XII lo recordarará en el radiomensaje del 31 de octubre del mismo año, consagrando la Iglesia y el mundo al Corazón Inmaculado de María.


El mensaje de Fátima comienza así a penetrar no sólo en la nación portuguesa, sino en todo el mundo católico, al menos en aquel que hubiera puesto atención a la señal proveniente de la aldea portuguesa.
Todo esto ocurre durante el segundo conflicto mundial y muestra las dos estrategias contrapuestas: la de las ideologías que quieren construir un mundo sin Dios, y la de la Virgen, que no quiere abandonar la humanidad, pero le pide penitencia y conversión. Y – apunta Papa Pío XII – donde este mensaje de penitencia y conversión es acogido, como en Portugal y España, llegará también la paz. Muchos podrán objetar elencando los “costes” de la paz portuguesa y española: la pobreza de países excluidos de los grandes negocios internacionales y la limitación de algunas libertades en el período de los regímenes autoritarios de Salazar y Franco. Sin entrar en esta ocasión en la historia de España y Portugal, baste recordar – sobre todo en el caso portugués – que la Fe ha sido preservada, como dicho en el mensaje de Fátima, lo cual es lo más importante ya que todo lo demás vendrá por añadidura.
Europa sale de la Gran Guerra en condiciones desesperadas desde un punto de vista moral y económico, y la mayoría de sus ciudadanos sigue obstinadamente apegada a perspectivas ideológicas y a una vida marcada por el pecado; así, el continente europeo se desliza hacia otra guerra mundial, como la Virgen había anunciado a los tres videntes.


Si los años que han precedido la primera guerra mundial han sido denominados belle époque, caracterizados por el deseo de diversión derivante de la presunción de vivir en un mundo destinado a progresar incesantemente que realizaría todos los deseos de felicidad que el hombre lleva dentro de sí, los años entre las dos guerras mundiales consistirán en una larga preparación del desquite alemán por la humillación sufrida por parte de las potencias vencedoras, sobre todo con el tratado de paz estipulado en Versalles en 1919.
En el mismo período, en Europa se desarrolla ulteriormente el proceso de descristianización comenzado en 1789: mientras los movimientos católicos pierden incisividad respecto a los socialistas y comunistas – estos últimos eufóricos por la victoria bolchevique en Rusia – y a los fascistas y nacionalsocialistas, que representan la novedad política de la época.


Y en un mundo tan distraído por el odio ideológico el mensaje de Fátima no puede penetrar, también porque todavía no ha sido recogido por la Iglesia, salvo la portuguesa.
En 1937, monseñor Alves Correia da Silva escribe a Papa Pío XI para comunicarle las expectativas de la Virgen, reveladas mediante Sor Lucía, a propósito de la conversión de Rusia a través de la consagración de esta última a los Corazones de Jesús y María. La carta también exprime la expectativa, por parte de María, que el Papa apruebe y encarezca la devoción reparadora de los Cinco Sábados, esto es, durante cinco meses consecutivos, el primer sábado de mes, confesarse, recibir la Santa Comunión, rezar la tercera parte del Rosario, hacer 15 minutos de compañía a Nuestra Señora, meditando los misterios del Rosario.
En 1940, Sor Lucía escribe para trasladar directamente las peticiones de María al nuevo Papa, Pío XII. La vidente explica que hasta 1926, estas peticiones eran secretas por voluntad de la Virgen, pero, en el transcurso de aquél año, la Señora le ha solicitado pedir la difusión de la práctica de los Cinco Sábados y, en 1929, de pedir al Papa la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado en unión con todos los obispos, para conseguir la conversión de ésta nación, que de otra manera, habría difundido sus errores en el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia y al Pontífice en particular. Sor Lucía indica, como prueba de la eficacia de la consagración para las naciones, la protección especial concedida por Dios a Portugal.


Hasta comienzos de la década de los cuarenta, el mensaje de Fátima era algo que afectaba esencial y únicamente a Portugal.


Con la consagración de la Iglesia y del mundo al Corazón Inmaculado de María de 1942, el mensaje empieza a salir de las fronteras portuguesas y a penetrar en el resto del mundo católico. La Señora pide penitencia, conversión e indica en el comunismo el castigo terreno para un mundo que ha abandonado a su Señor. Frente a la lucha emprendida por el comunismo, pide a los católicos de responder con la conversión, esto es, orientando todos los gestos de la vida hacia Dios (lo cual significa también servirse del derecho de legítima defensa así como es previsto por la Doctrina Social de la Iglesia). El mensaje conlleva el cambio de la forma de vivir asumida por los países occidentales tras el fin de la segunda guerra mundial y tras la reconstrucción post-bélica, porque estos hombres, victoriosos contra el nacionalsocialismo, en lucha contra la URSS, están precipitando velozmente en una forma de vivir caracterizada por el secularismo y por el fenómeno que el Magisterio de la Iglesia denominará “materialismo práctico”, para distinguirlo del materialismo teórico de la doctrina comunista. Así, la Iglesia de las naciones europeas debe enfrentarse al materialismo práctico, que penetra en la vida ordinaria de Occidente y que encuentra su justificación ideológica en un laicismo que separa la fe de la vida, la libertad de la verdad, el derecho natural del positivo.
De hecho, el magisterio de la Iglesia percibe la rápida descristianización tras los primeros años sucesivos al fin de la guerra, el desequilibrio entre la rápida mejora tecnológica y el bienestar económico con la ausencia de crecimiento o al menos con el mantenimiento de la Fe y de la tradición cristiana. Lo dirá Papa Pablo VI en Fátima en 1967, afirmando que el mundo contemporáneo es infeliz e inquieto, por la falta de paz, a causa de la presencia de armas de destrucción masiva y por una humanidad que no ha progresado moralmente como en cambio sí ha progresado científica y técnicamente.
La presencia en Fátima del Papa, el 13 de mayo de 1967, por primera vez, ante más de dos millones de peregrinos, hubiera podido representar el apogeo del mensaje, pero no ha sido así. En el recién clausurado Concilio Ecuménico Vaticano II (que había sido convocado para pasar, por parte de la Iglesia, de una fase de defensa de una sociedad que seguía siendo cristiana frente a una cultura y a un poder político profundamente anticatólicos, a una fase en que ésa misma sociedad había dejado en amplia medida de ser católica y, por tanto, a una fase de nueva evangelización) la condena del comunismo no ha sido ratificada para no molestar la sensibilidad de la Iglesia ortodoxa y para poder contar con la presencia de una delegación de la misma. Un concilio que quiere una Iglesia misionera en un mundo cada vez más hostil y ajeno a la Fe constituye lamentablemente el pretexto para que algunos sectores católicos imbuídos por las ideologías liberales y comunistas, interpretaran el concilio como ruptura frente a la historia de la Iglesia anterior al concilio; como si la Iglesia con el concilio hubiera sido refundada sobre cimientos ajenos a su mensaje y conformes a las ideologías citadas. Ello daría lugar a la crisis del postconcilio (gracias a Dios superada en buena medida gracias al Magisterio de Juan Pablo II y al actual de Benedicto XVI – mediante la justa interpretación del concilio, esto es, su lectura en continuidad y a través de la Tradición bimilenaria de la Iglesia -, lo cual no significa que las heridas hayan sido del todo cicatrizadas) y a la famosa frase de Pablo VI según la cual el humo de Satanás ha penetrado en la Iglesia.


Demasiado vinculado a un problema del que ya no se quiere oír hablar, el mensaje de Fátima sale de los grandes circuitos mediáticos, mientras se reducen las triunfales peregrinaciones en el mundo de la estatua de la Virgen procedente de Fátima, la famosa Virgen Peregrina.


En el mientras tanto, en España se vivía la época caracterizada por la “tecnocracia”, esto es, por el proceso de despolitización de la sociedad y por el olvido (voluntario por parte de los gobiernos de turno) de lo que había costado conseguir una sociedad en la que el hombre se había librado de las ideologías que habían envenenado la mente y el corazón de muchos, obligándole a levantarse en armas contra una “república” que quería imponer el odio a Dios y a Su Iglesia importando el sistema soviético a nuestra Patria. En España, merced al sacrificio de una generación de católicos y de gente de bien, se consiguió acabar con la amenaza comunista e instaurar un sociedad acorde con la verdad sobre el hombre fundamentada en los Diez Mandamientos y en la Doctrina Social de la Iglesia. Pues bien, esta sociedad (a través de la tecnocracia, del olvido voluntario del sacrificio de origen, de la confusión y rebelión reinante en una parte numerosa del clero como consecuencia de la falsa doctrina sobre el concilio a la que ya hemos aludido, del crecimiento del bienestar (no acompañado por el agradecimiento a la Providencia por haber permitido a España librarse del totatilitarismo comunista) va perdiendo la Fe, o al menos la Fe vivida, practicada. Al respecto (y para entender bien lo que ha ocurrido y está ocurriendo en España) es menester recordar lo que Sor Lucía comunicó en 1943 al Padre Gonçalves el 4 de mayo de aquel año tras recibir una revelación de Nuestro Señor (como ella mismo confirmó antes de su muerte, siguió teniendo revelaciones del Señor y de la Virgen durante muchos años): “Desea [el Señor] que los Señores Obispos de España se reúnan en retiro y determinen una reforma en el pueblo, clero y órdenes religiosas; ¡que algunos conventos!... ¡y muchos miembros de otros! ¿entiende? Desea que se haga comprender a las almas que la verdadera penitencia que Él ahora quiere y exige, consiste, antes de todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes religiosos y materiales. “[...] Si los Señores obispos de España no atienden a sus deseos, ella [Rusia, esto es, el comunismo] será una vez más, el azote con que Dios los castigará”.
Yo no sé si los obispos han atendido las peticiones del Señor. Todo indica que no, si tenemos en cuenta la importancia que han tenido los comunistas y socialistas en los últimos lustros del régimen de Franco y la crisis (ante todo moral y religiosa) que azota nuestra Patria. Ello, sin tener en cuenta los muchos años que ha gobernado (y sigue gobernando) el socialismo en España. Algunos dirán que el socialismo en España poco o nada tiene que ver con el comunismo en Rusia. Sin ser éste el momento de desantrañar la esencia del socialcomunismo, de su historia y de sus metamorfosis, cabe destacar que los objetivos son exactamente los mismos: la desaparición de Dios de la vida pública y de las conciencias; la destrucción de la familia; la disolución del concepto de Patria; el intervencionismo del Estado en la economía privada con el objetivo prioritario de cancelar, o cuando menos torpedear, la pequeña y mediana propiedad, etc.
Bien, volviendo al marco más amplio del mundo católico, podemos decir que éste saliendo con fatiga y lentamente de la crisis postconciliar, descubre que ha olvidado lo esencial de las palabras de Nuestra Señora: la conversión y la penitencia. Ciertamente la Iglesia está purificándose, pero la conversión de un mundo hostil a Cristo debería seguir siendo el objetivo prioritario. Incluso la penitencia va perdiendo cada vez más de relieve entre las prácticas de la vida cristiana y tendrán que pasar varios decenios hasta que sean propuestas de nuevo el ayuno y la mortificación. Y precisamente estas prácticas hubieran podido ser los verdaderos antídotos al consumismo que penetra en el mundo occidental, en lugar de una ideología antioccidental hipócrita y violenta, que pocos años después daría lugar a la Revolución cultural del Sesenta y ocho, provocando graves emorragias también en el mundo católico, sobre todo entre los jóvenes. De hecho, en lugar de preparar testigos auténticos de valores cristianos fuertes y distintos respecto a los dominantes, el mundo católico cae en un profundo complejo de inferioridad hacia la Revolución cultural emergente. Así, en los años sucesivos a 1968, el mensaje de Fátima comienza a ser mirado con cierta suspicacia, luego acusado de anticomunismo visceral, por tanto rechazado u obviado.


Alguien sin embargo ha seguido rezando y haciendo penitencia de forma suficiente para que algo ocurriera y la misericordia divina fuera acogida. Cuando, el 13 de mayo de 1981, tras haber sufrido el atentado, Papa Juan Pablo II es introducido en el misterio de Fátima, como dirá él mismo, el mensaje no ha sido olvidado. El mismo año comienzan en Medjugorje, en Bosnia-Herzegovina, aquellas apariciones marianas sobre las cuales un día tendrá que pronunciarse la Iglesia, pero que indudablemente testimonian desde hace veinticinco años la extraordinaria devoción a María, todavía presente en los fieles de todas las partes del mundo.


En 1981 Fátima vuelve al corazón de la vida de la Iglesia en un mundo que conoce los últimos años de la dominación comunista antes de la caída del Muro de Berlín, en 1989, y de la implosión del imperio soviético, en 1991. Vuelve a una Iglesia salida del túnel postconciliar, todavía herida por el proceso de autodemolición, que trata de superar el dilema conservación-progreso en la perspectiva misionera indicada por el entonces cardenal Ratzinger, y hoy Benedicto XVI, como ya hemos visto anteriormente.
El 13 de mayo de 1982 Juan Pablo II va a Fátima para agradecer a la Virgen haberle salvado la vida, desviando la trayectoria de la bala que hubiera debido matarlo. En 1984, durante el Año de la Redención, el Papa consagra el mundo a María, tras haber invitado a todos los obispos a unirse a él, recordando en particular aquéllas naciones y aquéllos hombres que de ésta consagración tienen particular necesidad, refiriéndose evidentemente a Rusia y a los demás países del Bloque Soviético. En efecto, en la oración a la Virgen de Fátima, tras el acto de consagración, el Pontífice afirma que ha consagrado aquellos pueblos por lo cuales Ella misma espera nuestro acto de consagración. La misma Sor Lucía, antes de su muerte, dirá que la Virgen le ha confirmado que la consagración atendía sus peticiones.
Y efectivamente, solamente cinco años después, o siete si tomamos como referencia el fin de la Unión Soviética en lugar de la caída del Muro de Berlín, se cumple la profecía de 1917 sobre el final de la persecución por parte de Rusia, aunque sigue todavía pendiente su conversión. En el año 2000, cuando será revelado el tercer secreto de Fátima, el siglo de las ideologías, comenzado por la revolución comunista en 1917, o mejor con el comienzo de la primera guerra mundial en 1914, ha terminado.


Pero el llamamiento a la conversión y a la penitencia, renovado con vehemencia por el Ángel en la tercera parte del secreto, sigue teniendo una dramática actualidad. Es verdad, la URSS ya no existe, la práctica de la vida religiosa ha vuelto a ser posible en una enorme parte del mundo, pero Rusia no se ha convertido y el tiempo del odio ideológico no ha sido sustituido por el del amor y el de la verdad cristiana. Tanta importancia daba Juan Pablo II a la actualidad permanente del mensaje de Fátima, que ha querido que la Imagen de Nuestra Señora de Fátima presidiera el acto de consagración del tercer milenio a la Virgen, celebrado junto a todos los obispos del mundo en la Plaza de San Pedro en el año 2000, indicando “físicamente” la permanente vigencia del mensaje, más allá de las partes que ya de alguna manera se han cumplido.
El mensaje de Fátima clausura una época e inaugura otra: sobre las cenizas del comunismo no ha florecido una civilización cristiana de la verdad y del amor, sino que se ha abierto un período histórico lleno de sombras caracterizado por el resurgir de las identidades religiosas y culturales y marcado por la amenaza islámica contra Occidente. Ello por una parte, mientras que por otra, asistimos al rechazo de las propias raíces religiosas y culturales, sobre todo, en Europa. Una época, que como nunca hasta ahora desde la venida del Señor, nos exige el compromiso de la nueva evangelización. No defraudemos a nuestros hermanos que ansían la Verdad y tomémosnos en serio nuestra conversión. Sólo así veremos realizada la promesa de Nuestra Señora en Fátima: “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará"


Ángel Expósito Correa